Retorno

Leonid_Pasternak_001

Quiero escribir porque sí, por gusto, por ti.

Para los ojos que leen los trazos no escritos, lo no dicho, lo inventado.
Quiero escribir para causarte asombro y alegría y odio y miedo y una colección de estallidos de emociones, como erupciones de un volcán que te cela. Lo sé. Te cela porque se agita más en tu cercanía.
Y escribir porque me gusta la danza que me costaba tanto bailar cuando niña. Porque me engrío en la conquista de un talento vedado.

Escribir porque se me revela el alma tal como una foto, en negativo. Así le doy la vuelta a la vida y sus colores y en su aparente pasar monocroma la letra se combina con espectros. Estallan en ella los trazos como capricho colorido de vitrales y adquiere mi voz la dimensión y el eco de alguna vieja catedral. Y voy desafiando un poco el tiempo. Quiero pretender que he tomado posesión de los pasados posibles y que invertiré mi fortuna en proyectar la nostalgia de su futuro. Quiero escribir para que mi voz vaya cantando su ritmo en silencio, con el rasgar de la punta del lápiz a la hoja de un cuaderno de páginas de crema, de buen gusto. Quiero escribir porque sí, porque tú, porque yo, porque siempre, siempre, quiero escribir.

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Gemínidas

Y así, disuelta en la penumbra me deslizo por las grietas.

Lloro una lluvia de estrellas sobre tu lecho.

 

Fragmento de otra historia

(Escrito aproximadamente en 2005)

Soledad ha pasado la tarde recordando a un chico que conoció muchos años antes que a Manu. No es que le guste dedicar tardes enteras a recordar, es que una imagen le cruzó de pronto y la sensación que le causó la ha acompañado desde entonces. Se sonroja. Y es que la sensación es prácticamente física. Algo sensual que Soledad sólo experimentó con ese muchacho. Lo peculiar era, en todo caso, que sólo le causara esa sensación y ningún otro sentimiento. Era muy parecido al vacío.

Tal vez por eso está de pie en el balcón, a pesar de que hace viento y no trata demasiado bien sus cortinas. Está nublado y la vista no es atractiva. A veces todo el entorno es gris, demasiado urbano. Le llegan motores y cláxons. Sirenas y el paso inoportuno de los aviones. Si pone atención, distingue el rugido orgulloso de los grandes camiones y el lamentillo agudo del transporte público al frenar para dejar pasaje, entre el zumbido uniforme de los automóviles, que aún permite ese bajo profundo y ronco del vokswagen, noble bestia metálica en vías de extinción. Pero esa tarde, la atenión de Sol oscila del rubor a la inocencia, al juego del tacto que nunca se resolvía en nada.

Jamás volvió a ver a ese chico, y algún esfuerzo le pone a la memoria para recordarle con nombres y apellidos.

Mensaje de madrugada

Te imagino dando aún más vueltas a las cosas, sin poder dormir. No fuerces el sueño que te evade. Abraza tu miedo para mirarlo de frente y apréndete su nombre, para que luego no se te aparezca por sorpresa. Y luego déjalo ir. Sabrá que tienes brazos fuertes y se andará con más respeto por los espacios de tu vida, permanecerá distante en tus decisiones. Tomará partido por ti y ya no en tu contra. El miedo que sientes no se funda en raras ficciones. Sólo que se alimenta voraz de esas creencias que hace rato combatías entre comentarios, y esos paradigmas punteados están siempre dispuestos a hacer de molde para vaciar estatuillas de inseguridades, insatisfacciones y decepciones. Dejemos que el miedo pierda su vocación de alfarero: invitémoslo a que se vuelva analista, estratega, crítico certero. Dejemos que se haga útil y que justifique su existencia. No será ya un miedo falso, sino domesticado, como un lobo que sólo aúlla cuando se aproxima un enemigo, pero olisquea siempre para descartar el peligro.

 No me voy ni te dejo. Me quedo. Me quedo aquí montando guardia al lado del lobo de tu miedo, con una escopeta de salvas que hace mucho ruido y espanta los malos pensamientos. Estaré fuera del porche de tu casa, quizá meciéndome en una de esas sillas viejas con tejido de ratán y que rechina un poco al balancearse. Montaré guardia. Y cuando llegue el día, me iré contigo a caminar por entre los lagos de posibilidades. Te llevaré a esos pastizales que crecen tan alto que nos ocultan hasta las rodillas y nos reconoceremos Gulliveres entre apariencias y sabremos que nada es tan grande como parece, ni somos tan pequeños como creíamos.

Dominaremos el ritmo cotidiano y venceremos las ventanillas que tengamos que enfrentar, los taxímetros que debamos calcular, las sillas que debamos empujar, los pisos que haya que brincar, hasta los dulces que debamos elegir. Uno más uno iremos acumulando frutos… y nos los comeremos. A veces ahí está el quid, el problema de no ver frutos: son productos perecederos. Maduran, se consumen, nutren, se gastan, se esfuman. Hay que volver a sembrar, volver a cosechar, no tiene fin. No ver frutos es hasta cierto punto lógico, buscarlos indica que esperamos nuevas cosechas. Evitemos mirar en huertos ajenos porque cada planta tiene sus estaciones, sus plagas, su tierra, su propio jardinero. Tu manzana y la mía son distintas y qué bueno, porque así no me aburro del sabor que produce mi propio árbol y conozco otros sabores. ¡Ay, si pudieras reconocer qué abundante es en realidad tu huerto! Me paseo entre sus ramas porque en él me siento en paz. Tu huerto alimenta, protege, recibe, abraza, cubre. Da sombra y a la vez captura el sol suficiente para proporcionar calidez. Llamo a tu huerto hogar, porque en él habito a mis anchas. Así fue siempre y sin embargo siempre hay una especie nueva que me brinda algún sabor desconocido, como un tallo de trébol entre las fresas. Sé que el problema está en la compraventa: a veces los frutos no están para comerse, sino para venderse a cambio de otros elementos que protegen el huerto: cobertizos, muros, pozos, viveros. Y el miedo entonces se para a la mitad del huerto, como lobo, y aulla… Aulla para que su voz haga las veces de muralla y proteja los frutos, pero espanta también a los compradores. Es cuando debemos ponerle un bozal… Debemos guardar la escopeta. Conviene sacar los huacales y ofrecer una gavilla de buen fruto. Si el sabor es bueno –en tu huerto siempre lo es– vendrá por más. No te extrañe, como en todo mercado, los compradores regatean. Pero tú deja que se acostumbren al sabor y volverán, volverán siempre porque tu huerto es único. Y el lobo ya no les aullará a ellos porque los conoce.

 Ya ves que yo también doy vueltas en torno a este miedo lobo y te acompaño. Y a tu lado procuro un futuro venturoso. Quiebro con las tuyas mis propias estatuillas forjadas sobre la línea discontinua de las creencias y me reconstruyo. Y propongo unir tu huerto con el mío. Cada quien sus frutos y sus ventas, sus lobos y escopetas, pero un mismo muro para los dos huertos. ¿Qué dices?

Esto que se diluye
como el contorno en el espejo ante mis ojos miopes
es humo.

Esto que te arrebata
como el aliento entrecortado del inflexible llanto
es muerte

Esto que me hiere
como la hebra desgarrada del amor perdido
es nada

 

Como la nada, el humo
Como la muerte, el tiempo